A los niños hay que soñarlos.

A los niños hay que soñarlos.

La confianza es un eficaz e iniciático recurso de contención. No hay preliminar que induzca más a un niño a comportarse conforme a los modelos que se le proponen, que el que confiemos en que lo va a hacer bien. Confiar en alguien, apuesta por su propia contención, opera como un desafío consigo mismo. Se trata de confiar en su comportamiento con sentido germinal: no porque es bueno sino para que llegue a serlo. Con los niños hay que arriesgar mucha confianza. Y si nos fallan, que es normal porque ellos aprenden por tanteo, debemos afrontar ese tanteo con tenacidad. Nuestra firmeza en confiar les hará sentirse capaces  y dignos de confianza.
Confiar en sus intenciones presupone confiar en sus cualidades. A los niños hay que soñarlos. Hay que soñarles y atribuirles hermosas cualidades y recursos para que lleguen a conseguirlos. Del mismo modo que quien sólo da crédito a sus malas inclinaciones, casi siempre consigue que termine identificándose con ellas.
Contención es mostrarle al niño el enorme aprecio que le tenemos, expresarle nuestra estima, como germen de autoestima y dignidad, de no poder permitirse uno todo. No hay nada que felizmente nos ate más, que la estima con la que nos rodean. La gratuidad del cariño que nos otorgan nos confina mucho y nos configura. Si «elegir una posibilidad supone renunciar a otras muchas», pensamiento existencialista lleno de pesimismo, su envés todavía es más verdadero: las demás posibilidades pierden interés cuando algo nos seduce plenamente. Dicho de otro modo, resulta fácil la contención e incluso la renuncia, sólo cuando algo nos motiva. La única contención que de verdad funciona es la que brota en nuestra intención como un deseo.
El amor abunda en facetas de mutua contención que no permiten abusar del otro; la amistad tiene muchos elementos de contención de la misma naturaleza; eso que llamamos la sociabilidad, el respeto mutuo, es pura contención, pura aceptación e interiorización de lo más deseable de los demás. Con amor se nos abarca y contiene y se nos da contenido, todo lo contrario del control que nos sospecha incontrolados y por eso nos suplanta y vacía.
Incluso ciertos muchachos a quienes las instituciones y los profesionales han tratado de convencer de que eran: primero hiperactivos, luego disociales, luego psicópatas, luego irrecuperables, luego monstruos sin sentimientos…incluso estos muchachos así satanizados digo, he verificado hasta la saciedad que pueden recuperar-se, si tienen la dicha de que se cruce en su camino:
a) alguien que a pesar de todo sea capaz de creer en ellos
b) un pedazo de tejido social que dé cobertura a ambos y
c) suficiente rabia y rebeldía, para enfrentarse juntos contra quien les daña.
Eso si, las tres cosas han de ir juntas, las tres son imprescindibles.
(Fragmento de «Cuando los políticos mecen la cuna» de Enrique Martínez Reguera)